martes, 5 de noviembre de 2019

"Leopoldo María Panero en la tertulia de esta tarde en el Café Gijón".

Leopoldo María Panero en la tertulia de esta tarde en el "Café Gijón", como siempre a las 18.30 en el Paseo de Recoletos 21 de Madrid, entre las plazas de Cibeles y Colón.

Hoy me apetece hablar sobre este escritor con mis tertulianos. A finales de este mes daré una charla en el Vicerrectorado de Cultura de la Universidad de La Laguna sobre él, dentro de la cátedra Leopoldo Panero. Charo Alonso Panero, su prima, me dice cosas tan amables siempre por este medio y me ha insistido con tanta dulzura que no he podido negarme. Y Tenerife es mi segunda casa. No soy especialista en Panero; pensándolo bien no lo soy en casi nada. Pero sí soy un lector atento, y he leído con atención libros suyos como "Así se fundó Carnaby Street" (1970), "Teoría" (1973) y "Narciso en el acorde último de las flautas" (1979). Además de sus entradas y salidas de hospitales psiquiátricos y otros avatares de su controvertida vida, Leopoldo María Panero se licenció en Filosofía y Letras en la Complutense y Filología Francesa en la Central de Barcelona, y le considero uno de los escritores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX. 

Su dominio del lenguaje y su enorme cultura me recuerdan a Eliot y Pound. Las obras de los tres tienen tanta calidad y son tan complejas y profundas que no se me caen de las manos cuando las vuelvo a leer, como me ocurre con tantos escritores.



lunes, 4 de noviembre de 2019

"La vida es un estado de ánimo, el mío bastante saludable".

Una de las ventajas de tener un editor que también es amigo tuyo es que te puede invitar a comer un sabroso cocido de puchero en su casa de la sierra de Navacerrada.

Admito que Pepo Paz Saz, el dueño de Bartleby Editores, cocina muy bien, a pesar de que su hijo de 15 años diga que solo sabe hacer cocidos. Desde luego lo hace mejor que yo, pero en mi descargo diré que llevé la botella de vino, algo fundamental en una buena comida entre amigos. Pepo me regaló algunos libros de su editorial, de los que ya hablaré cuando pueda leerlos. En cierto momento empezó a hablar de premios editoriales y le dije lo que le he dicho tantas veces, que ese mundo me aburre soberanamente. Como me conoce a la perfección, en la sobremesa puso en Youtube una de mis músicas preferidas

Aquello no era París, aunque en realidad yo siempre estoy en París:

https://www.youtube.com/watch?v=b9WKC5sT9Z4

domingo, 3 de noviembre de 2019

"Una furtiva lágrima".

Hace unos días me acerqué a pasar la ITV del coche, pero un accidente de varios coches en la carretera de La Coruña originó un atasco que se alargó durante más de una hora. En Radio Clásica se escuchaban arias de ópera. A la altura de "Los remos" estuve parado un buen rato. Entonces recordé la divertida comida en aquel restaurante con la que celebramos la lectura de la primera tesis doctoral que he escrito, la de economía. Era bastante joven, apenas tenía 26 años, y se me quedó grabado que uno de los miembros del tribunal, el catedrático Andrés Fernández Díaz, padre del que años después se convertiría en uno de mis mejores amigos y que había educado la voz en Italia como tenor, nos cantó en los postres "Una furtiva lágrima" de la ópera "El elixir de amor", de Gaetano Donizetti. Un tiempo más tarde lo escuché de nuevo, acompañado de mi familia, en una de las antiquísimas iglesias de Sevilla, durante la boda de mi amigo con una de mis alumnas preferidas, y también una de mis mejores amigas, a la que terminé dirigiendo su propia tesis doctoral.

(Acabo de leer en Instagram que Eva García Redondo, una amiga virtual de las redes sociales, me dice que le gustaría leer la novela de mi vida. Es cuando me ha venido a la mente el recuerdo de esta historia del miércoles pasado, Quizá ni siquiera necesite escribirla, sino limitarme a vivirla, como he hecho siempre).

Tras arrancar el coche observé que no había habido víctimas mortales en el accidente.

Sin duda Dios existe, sobre todo cuando escucho a Pavarotti:

https://www.youtube.com/watch?v=LGy_w6hCL7E

sábado, 2 de noviembre de 2019

"Inisfree".

El coche sube y baja montañas de otoño, y mientras esto ocurre pienso que el verdadero objetivo de un escritor es encontrar una isla donde no existen las fronteras. Luego vendrán la fama y el dinero, y hasta el olvido. Algunas veces me equivoco de camino, y tengo que dar marcha atrás. Es entonces cuando releo mis cuentos y novelas, y las luces enfocan al único lugar que tiene sentido.

Tú:

https://www.youtube.com/watch?v=1xn7rjlOxfc


"Alumnas de Eloy Tizón".

"Justo Sotelo, lo tengo. He empezado a leerlo y me está gustando mucho".

Es lo que escribió ayer en su muro de esta red social la médica y escritora Matilde Tricarico. Hasta el martes era una amiga virtual, pero ese día se acercó a mi tertulia del Café Gijón y ya pude fijarme en ella como persona real y no solo ficcional, que es lo que más me atrae de ser escritor, como le ocurría a uno de los narradores que más admiro, Henry James. Y así presté atención a sus gestos y silencios, su manera "italiana" de hablar e incluso su experiencia de la vida y el dolor como pediatra, a lo que se une su cariño y admiración por el escritor Eloy Tizón, su profesor en un taller de escritura. Yo también admiro y aprecio a Eloy, de quien he leído hace poco un libro de crítica literaria comparable a los estudios más destacados que corren por el mundo (pienso en Coetzee, por ejemplo). Matilde me dijo que deseaba leer "Entrevías mon amour". Tan solo unos días antes, yo había encontrado una bonita foto del libro en Internet, con las manos y el anillo de Emma Prieto Rubio, alumna también de Eloy. Emma me cae especialmente bien, aunque tampoco la conozco en persona, ya que se dedica a dar clase a los niños con necesidades especiales. Si ser profesor es la profesión más hermosa del mundo, la más necesaria, en el caso de Emma todavía es más hermoso. Como en el caso de Matilde también ha trabajado en el barrio de Entrevías.

Eloy y yo somos muy afortunados.

viernes, 1 de noviembre de 2019

"Canto a mí mismo".

Anoche cené en un restaurante bohemio donde un hombre maduro cantaba viejas canciones tristes. Por la tarde me hice esa fotografía, mirándome en un espejo de la calle, situado en el techo, con la cazadora de cuero que me compré en una tienda del barrio de Chueca al hombro. Y ahora me tomo el primer café de esta mañana de un día de fiesta, y me miro en el espejo de la fotografía mientras busco en Youtube la canción de Aznavour que aquel viejo cantó dos veces, para abrir y cerrar su actuación. Ayer era aún, como si la vida no quisiera poner un final a la novela que escribo cada día sobre la propia vida y que no pienso publicar. Como si la vida no terminara nunca de empezar y sintiera que todavía hay muchas cosas que descubrir, como si la vida se alargara eternamente cuando la vida sabe que es feliz. Como si ser feliz se apropiara de la piel y de la fe, de los sentidos, de las huellas de los zapatos sobre el asfalto de la ciudad, de los pies desnudos. Y es que cada átomo de mi cuerpo es tuyo también, como sabía de sobra Walt Whitman. Mi lengua y cada molécula de mi sangre también nacieron de esta tierra y de estos vientos. Y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza.

Como si mi vida y tu vida que escribo como una novela:

https://www.youtube.com/watch?v=Oc81fHxDeyg

jueves, 31 de octubre de 2019

"El genio sin barba".

Hoy quiero hablar del hombre de la fotografía, que también está conmigo en las fotos de abajo.

Se llama Santiago Martínez Sáenz, es arquitecto y pintor, y toda su vida ha sido profesor de dibujo en la Escuela de Arquitectura de Madrid. En más de una ocasión he contado que lo conocí hace muchos años (cerca ya de 20) en la comida de los premios de literatura y pintura de una universidad. Nos caímos bien en el acto, le invité a la tertulia que en esa época hacía en esa universidad con alumnos, y al poco tiempo le pedí que se ocupara de ella cuando yo no pudiera estar. Y lo ha cumplido. Este martes pasado no pudo acercarse a la tertulia porque le operaron de unas vértebras en la columna. Cuando fui a visitarlo al hospital me sorprendió verlo sin barba; había tenido que afeitársela por primera vez en cincuenta años para evitar problemas con la anestesia. Cuando iba en taxi al Café Gijón, me envió la primera foto y me dijo que la utilizara para excusarse por no poder asistir y para dar un abrazo a los tertulianos y a los amigos de esta red social. 

Además de no aceptar nunca cargos académicos, políticos y similares, que pueden desviarles de su camino creativo, los genios son muy seductores, apasionados, de humor cambiante, imprevisibles, divertidos, arrebatadores, unos tipos diferentes que van arrollando por donde pisan. 

Santiago es de los pocos artistas geniales de verdad que conozco.