Como todos los días son festivos para mí (perdone, señorita, que no me levante ante los Trump, Sánchez, Torrente y compañía, con sus historias tan viejas como la humanidad y que están más vistas que el tebeo), ayer estuve de paseo por ahí celebrando la vida con mi jersey roto, mis zapatos blancos y la mochila al hombro. Y sonó Brahms en el coche, una de sus obras de cámara que más habré escuchado en mi vida, su Quinteto para clarinete. Cuando se estrenó, Clara Wieck, el gran amor de Brahms, la artista a la que nunca se declaró porque estaba casada con su maestro Robert Schumann, y siempre respetó este hecho, le escribió para decirle que se había apoderado de ella "el suave e insistente lamento del clarinete sobre unos instrumentos sutilmente fusionados". Y a continuación añadió que "la alegría que sentí al escucharlo todavía sobrevive en mi corazón y por eso estoy agradecida". A veces las grandes historias de amor son imposibles, pero no dejan de ser historias que merece la pena vivir puesto que el verdadero amor es la felicidad:
La belleza no desaparece con el tiempo, solo se transforma.

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