Me detengo frente al escaparate de una librería y me fijo en las dos bolsas de tela. En una se lee que las chicas listas leen libros; en la otra se ve el rostro de Virginia Woolf, una escritora que no me canso de recomendar a mis alumnos, junto a su amigo John M. Keynes, los genios del Grupo de Bloomsbury del que también hablo en clase. He escrito artículos sobre ambos y les he dedicado tertulias. Desde que leí "Al faro", "Orlando", "Las olas" y "La señora Dalloway" supe que formarían parte de mi biblioteca particular, que acumula libros como yo acumulo años. "Las horas" (2002) es una película poética y triste que se basa en "La señora Dalloway". La música es de Philip Glass, una pura delicia que he escuchado decenas de veces en el coche. Lo que más me gusta de conducir es poder escuchar la música como si estuviera en una sala sinfónica, y subir y bajar montañas al ritmo de los latidos de la belleza. Son esos momentos en los que parece que el ser humano formara un todo con la Naturaleza, es decir, con Dios:
El otro día releí tres relatos de uno de los libros contemporáneos que aprecio, los "Cuentos de Bloomsbury" (1999) de Ana María Navales, escritora muy atraída por el mundo artístico e intelectual de Woolf y Keynes. Siempre que venía a Madrid desde Zaragoza tomábamos un café. Ana María me contaba un montón de cosas del mundo literario, pues se lo sabía todo de todos, y hablábamos de un asunto que me interesaba más, de aquella gente bohemia e intelectual del barrio de Bloomsbury, al lado del Museo Británico. Lo más parecido que hubo en España fue la Residencia de Estudiantes donde estuvieron Lorca, Buñuel, Dalí y casi desapareció con la Dictadura. Lo que más valoro de Ana María son los consejos que me daba. Tan solo debes escribir y publicar, Justo, si verdaderamente tienes algo que decir, me decía. No escribas por escribir o presumir de que eres escritor, añadía. No dejes de leer ni de estudiar para que merezca la pena leerte. Y sé humilde, acepta los consejos de los viejos escritores, que saben más que tú, y corrige lo que tengas que corregir. Solo así se producirá el pacto con el lector y este te seguirá, te admirará y te querrá.

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