El
otro día Isabel Fernández Bernaldo de Quirós presentó su octavo libro
de poemas, "Una mujer a contraluz" (Ondina Ediciones, 2026) y aunque
tenía trabajo en la Universidad me acerqué a darle un beso y a llevarme
el libro. Esta profesora titular de Biología en la Universidad
Complutense nunca ha olvidado mirar a su mundo interior y creativo de
poeta, algo que siempre me ha parecido entrañable. Isabel es una mujer
sensible e inteligente. Nos hemos relacionado más desde que se incorporó
a mi tertulia, tanto presencial como on line, una de las puertas por
las que se puede entrar en mi mundo. En la biblioteca del Cuartel del Conde Duque me encontré con varios amigos que se han
conocido igualmente en la tertulia, e Isabel me firmó su libro. El libro
es interesante porque ella sabe escribir, pero lo que yo quería esa
tarde era darle un beso. Se lo di y me marché con el
libro en el bolsillo de la chaqueta. Mientras salía a la calle recordé aquella lluviosa noche en la que compartí un taxi con Isabel después de la presentación de otro libro. Madrid
de noche era una sucesión de luces y de lluvia, y atravesar la Gran Vía
me recordaba un paseo por Times Square o Picadilly Circus. El taxista
era indio, entendía poco español y durante un instante me vi dentro de
la película "Taxi driver", de Scorsese, con la música de Bernard
Herrmann:
Es un solo de saxo que no tiene piedad. Lo escuchaba anoche, a lo largo de ese instante efímero de la existencia en que todo el mundo duerme y yo me meto en el interior de una fotografía que acabo de sacar a oscuras, en busca de un sentido a las páginas que escribo y siento a través de la música de mis pisadas. Es una forma de seguir recorriendo el asfalto mojado de la ciudad a bordo de un taxi en la madrugada. Es la selva de cemento vacía, una espiral que no llega al centro, un impacto emocional que te deja sin aliento. Somos los hombres huecos, los hombres rellenos.
Y yo escribo, yo sigo escribiendo.
¿Qué otra cosa puedo hacer ante los sonidos que miro y las luces que toco con la yema de los dedos del ordenador, ante la realidad teñida por el misterio de la noche, a oscuras, del último taxi del que se bajan un hombre y una mujer que no he tardado en reconocer, en algún momento? (...) Dime algo. ¿Por qué nunca me dices nada? Habla. ¿En qué piensas? Nunca sé en qué estás pensando. Piensa. ¿Qué es ese ruido? El viento por debajo de la puerta. ¿Qué es ese ruido ahora? ¿Qué hace el viento? Nada, otra vez nada. ¿No sabes nada? ¿No ves nada? ¿No recuerdas nada?


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