domingo, 11 de diciembre de 2016

"Los pintores amamos de otra forma".

La pintora francesa Séraphine Louis (1864-1942) se enamoró solo una vez en su vida, llegó incluso a comprometerse, pero él la abandonó. Ella siguió amándolo, en sus cuadros, en los rostros de las personas que veía por la calle, en la iglesia donde se refugiaba, en el agua del río y el rumor de las hojas de los árboles.

Una amiga me recomendó que viera en video la película del director francés Martin Provost, de 2008, "Séraphine", donde ella dice la frase que he puesto al principio. A pesar de que es demasiado clásica para mi gusto, muestra con precisión el proceso de creación de sus cuadros y la vida especial de esta pintora autodidacta que vivió toda la vida en el campo (se cuenta que nunca vió el mar) y triunfó en París después de muerta. Había nacido el mismo año que la escultora Camille Claudel y murió, como ella, en un hospital psiquiátrico, pero un año antes.

Su descubridor fue Wilhelm Uhde, que encontró uno de sus cuadros de naturaleza muerta y al enterarse de que la autora era la mujer de la limpieza de su casera compró sus cuadros y la protegió. Uhde nació en Munich, fue abogado, estudió luego Historia del Arte en Florencia antes de establecerse en París, el año 1904, donde frecuentó el grupo intelectual alemán del Café del Dôme. Fue uno de los primeros coleccionistas de obras de Picasso y Braque, y exhibió sus obras en la galería que tenía en Montparnasse. Picasso pintó su retrato en 1909.

La obra de Louis, que entusiasmó, entre otros muchos artistas, al surrealista André Breton, se engloba dentro de los pintores "naif" simbolistas, "primitivos modernos" o pintores del "Sagrado Corazón", y está llena de fuerza y de luz, de bocas y de ojos que parece que quisieran decirnos algo, quizá de este mundo o del mundo interior de la autora. Parte de esa obra se encuentra en el Pompidou y en museo Maillol de París.

Qué haríamos sin arte.




 

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