lunes, 12 de diciembre de 2016

La iglesia "roja" del barrio de Entrevías de Madrid.

En ese lugar se desarrolla la primera parte de mi novela "Entrevías mon amour" (Bartleby, 2009). Teo Abad, el protagonista, regresa allí como reportero en la Guerra de Irak y se encuentra con las mujeres que le están esperando después de veinte años.

Hace poco se ha publicado un libro sobre esa iglesia y sobre el cura Enrique de Castro. Por ello, un amigo tertuliano, Juan José Moragrega, escribió un interesante post en esta red social hablando de ese lugar, del cura y de la novela.

Decía esto:

"La iglesia roja. San Carlos Borromeo. Parroquia de Entrevías.

Un grafiti con la palabra libertad en mayúsculas en la pared lateral de la parroquia recibe a todo aquel que se acerca a formar parte de esta gran familia heterogénea.

Enrique de Castro, bautizado por los medios como el "cura rojo", fue el que inició el camino "alternativo" de esta iglesia de base. Una historia que recoge el libro "Así en la tierra. Enrique de Castro y la iglesia de los que no se callan", de Marçal Sarrats, que se acaba de publicar y que ha vuelto a centrar el foco en la labor de esta parroquia. El párroco asegura que en este barrio siempre se ha vivido en crisis y que por eso la actual situación económica no les ha afectado tanto porque "llevan toda su vida así".

"Hay un aluvión de familias que se ven con una mano delante y otra detrás. No se atreven a pedir, no saben pedir. Es una pobreza mucho más vergonzante. El que nunca ha pedido le cuesta mucho dar el paso porque nunca había pensado en que se iba a ver en esa situación". En el libro de Justo Sotelo “Entrevías, mon amour” la trama gira de alguna forma en torno a una parroquia de este barrio madrileño donde ejercía el sacerdocio el padre Román. Creo que dicho lugar podría ser perfectamente “San Carlos Borromeo”. Allí Teo Abad, su protagonista, descubre que no es el único asediado por esos fantasmas del pasado".

Hasta aquí el texto de Moragrega. La foto también es suya.

Solo quiero añadir que estuve escribiendo veinte años esa novela y que al final aparcaba el coche enfrente de la fachada de la iglesia y me quedaba ensimismado durante horas. Charlé varias veces con el cura Enrique de Castro y con gente del barrio. Tuvieron que pasar varios meses para que me quitara ese lugar de la cabeza; incluso cuando quiero enseñar Madrid a los amigos que vienen de fuera y les hablo de mis libros, les llevo a ese lugar.

Supongo que esa es la grandeza de la literatura.

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