miércoles, 28 de marzo de 2018

Ayer fue el día del teatro.

Ayer fue el día del teatro y por la noche asistí a una representación teatral en la plaza perdida de un pueblo perdido.

El teatro me gusta tanto que, para mí, de alguna forma, todos los días son los días del teatro. Desde que de pequeño me subía a un pequeño escenario del colegio, hasta que después lo hice a una tarima para dar clase (en realidad, suelo pasearme entre los bancos de mis alumnos y las personas que acuden a mis conferencias), sé que tengo alma de actor de teatro. Soy un cinéfilo empedernido, pero, como me gusta tanto la vida en directo y mirar a los ojos a la gente, nunca podría haber sido un actor de cine.

Ser escritor quizá no haya estado mal, me he dicho en muchas ocasiones, ya que me sale gratis. No tengo que ir a ninguna escuela a aprender. Solo debo leer, vivir y mirar a la gente a los ojos, como en el teatro.

Siempre he sabido que la literatura tiene que servir para buscar a los seres perdidos del planeta, aunque sea en el último pueblo perdido en medio de una plaza habitada por fantasmas.
 
 

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