viernes, 25 de febrero de 2022

"El mundo es hermoso".

El pasado mes de diciembre se cumplieron 200 años del nacimiento de Flaubert, uno de los escritores más influyentes en la historia de la literatura gracias al personaje de su célebre novela (la fotografía es de la escritora María José Solano).
 
Lo que más me llama la atención es su deseo de perfección. Podía pasarse días enteros pensando en la palabra exacta, y solo escribir un par de páginas a lo largo de varias semanas, algo que también le ocurrió a Hemingway con su "teoría literaria sobre el iceberg". Para Flaubert el objetivo en el arte será crear belleza, lo que anularía la cuestión moral y social en su descripción de la verdad. Las cartas a Louise Colet, que escribió mientras trabajaba en "Madame Bovary", muestran que su ambición era conseguir un estilo tan rítmico como el verso y tan preciso como el lenguaje de la ciencia. "Cuanto más rápido se adhiere la palabra al pensamiento, más bello es el efecto". A menudo repetía que no existían los sinónimos, y así un escritor tenía que encontrar "le seul mot juste", "la única palabra correcta", para poder transmitir su pensamiento con precisión. Siempre quiso una cadencia y una armonía de las sílabas sonoras en su prosa, de modo que atrajera no solo a la inteligencia del lector sino también a su mente subconsciente de la misma manera que lo hace la música. "El autor, en su obra, debe ser como Dios en el Universo, presente en todas partes y visible en ninguna". 
 
En el capítulo 15, Emma y su esposo Charles asisten al teatro para ver la ópera "Lucía de Lammermoor", de Gaetano Donizetti, en cuyo personaje principal, el de Lucía, Emma se ve reflejada. Es como si esa historia y los deseos románticos de alcanzar un amor imposible fueran la historia de su propia vida. 
 
"Se oyeron tres golpes en el escenario: los timbales se pusieron a redoblar, los instrumentos de metal armonizaron sus acordes y por fin el telón se levantó y dejó al descubierto un paisaje (...) Emma retrocedió a las lecturas de su juventud, volvía a estar metida de lleno en Walter Scott (...) El recuerdo de la novela le ayudaba a entender el libreto, podía seguir la intriga sin perder frase, mientras que los inapresables pensamientos que se le iban a la mente iban diluyéndose, según surgían, en las ráfagas de la música. Se dejaba acunar por el vaivén de la melodía, y toda ella vibraba con su ser en tensión, como si los arcos de los violines le rozaran los nervios (...) Pero de pronto una mujer joven avanzó y le tiró una bolsa a un escudero vestido de verde. Se quedó sola y se escuchó entonces el sonido de una flauta emitiendo una especie de murmullo como de fuente o de gorjeos de pájaro. Lucía, con ademán decidido, atacó su cavatina en sol mayor, quejándose de amores, pidiendo al cielo que le diera alas. También Emma habría deseado huir de la vida, esfumarse en un abrazo".
 
Y vuelvo a pensar en la relación necesaria entre la palabra precisa y la palabra musical. Mientras me tomo un café, escucho la cavatina de Donizetti cantada por Anna Netrebko. Pienso en Walter Scott y en su obra "La novia de Lammermoor", que inspiraron a Donizetti y a Flaubert, y la mente me lleva a la primera vez que pisé las calles medievales de Edimburgo, donde nació Scott. Aunque a veces el mundo no me guste, soy un privilegiado por poder vivir tantas vidas desde mi única vida:
 
 

 

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