domingo, 23 de febrero de 2020

"Una noche de carnaval".

Me gusta el Carnaval porque me gusta la vida. El carnaval es un canto a la vida. He estado varias veces en el baile del "Círculo de Bellas Artes" de Madrid y en las calles de Santa Cruz de Tenerife, en una noche como la de ayer. Como digo siempre, primero vivo y después escribo, por ejemplo la historia de amor de Teo y Natividad, los protagonistas de mi novela "La paz de febrero".

"Natividad y yo nos conocimos en el baile de carnaval del Círculo de Bellas Artes del último año, y desde entonces apenas nos habíamos separado. Esa noche nos persuadieron las máscaras que no solo pretendían ocultar los rasgos de nuestros rostros. Era el valor de lo desconocido, de la transgresión de las leyes no escritas, de las escenas prohibidas en los servicios abarrotados por otros cuerpos jóvenes como los nuestros con ganas de amar. Natividad llevaba una camisa semi transparente y un pantalón de seda con diversas figuras geométricas estampadas en él, y se había cubierto el rostro con un antifaz que tenía la forma del violonchelo femenino de Man Ray. No pude apartar la vista de ella desde que la vi bailando con un tipo alto y espigado, de esmoquin y con el rostro cubierto con un antifaz negro. Se movían de un lado a otro del salón sin hablar con nadie; estaban en medio de la fiesta y a la vez muy lejos de los gritos y las risas de los otros. Su baile era sensual, lento, profundamente erótico. Yo había ido acompañado por Mar, Helena y Javier, pero no tardé en desentenderme de mis amigos. El edificio se agrandaba entre escenarios que permitían representaciones oníricas, pornográficas y onanistas, casi posmodernas (...) Le pedí que bailara conmigo, e intenté explicarle mis razones. La que sonaba era una de mis canciones preferidas, su antifaz representaba uno de los más famosos iconos del surrealismo y esa noche todavía no había logrado sentirme a gusto bailando con nadie. Ella me miró, supongo que sorprendida ante los balbuceos de un majadero como yo, luego miró a su acompañante, se quitó el antifaz, sonrió y me alargó los brazos sin decir nada (...) Me había estado preparando para comenzar a bailar canciones sin música ni letras, en todas y cada una de las máscaras de aquel carnaval repetido inútilmente tantas veces, modelando los rostros de las cariátides con mis manos sin dedos (o con mis brazos sin manos), el humo de la última escultura con los rasgos salvajes de la mujer que acababa de conocer, que sentía, que se lanzaba sobre mi sexo con cada vuelta vertiginosa de su cuerpo" (pp. 33-36).

El "Carnaval" de Robert Schumann es una de las obras más importantes del Romanticismo. Es de las músicas que más habré escuchado en mi vida, y estaba presente en mi cerebro cuando escribí esas escenas de la novela:

https://www.youtube.com/watch?v=dB6UCcpeLQA.



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