domingo, 21 de junio de 2020

"La música es un trozo de sol hecho prisionero".

Es una frase de Mahler. Me gusta escuchar sus sinfonías en el coche, entre montañas y cascadas, con las ventanillas abiertas, dejando que la emoción se apodere de todos los sentidos y también de la piel. La Segunda Sinfonía, "Resurrección", resulta esencial para constatar que los mundos posibles del arte tienen identidad propia. La escuché en directo por primera vez dentro de una iglesia del norte de Inglaterra, en el Lake District. En la mayor parte de los países europeos donde he estado se interpreta música clásica en las iglesias, aunque sean localidades pequeñas, algo que lamentablemente no ocurre en España. Con esa sinfonía Mahler plasmó la idea de inmortalidad a través de la liturgia cristiana. Para un judío la resurrección existe, pero sin una significación específica, por lo que se propuso entender el cristianismo; solo de esa manera podía reflejar en la música su abismo interior. El mundo resucita en el itinerario vital del músico. En el primer movimiento asistimos a los funerales del héroe, el "Titán" que ha muerto en la primera sinfonía. El dramatismo de la muerte se ennoblece con el consuelo de la resurrección. Durante el verano de 1893, Mahler busca un lugar tranquilo para dedicarse a la composición de sus obras. Y este lo encuentra en un pequeño albergue en Steinbach junto al lago Attersee, cerca de Salzburgo. Allí construirá una casita donde desarrollará su trabajo creador. Escribe el andante, el tercer movimiento, scherzo, y la introducción al movimiento final. Desea terminar la obra con un movimiento coral, al estilo de Beethoven, pero no encuentra el texto apropiado. En febrero del año 1894 muere Hans von Bülow y asiste a su funeral. El coro interpreta la coral de Friedrich Klopstock "Auferstehn", "resucitar". El mismo día diseña esquemáticamente el movimiento, pero no le dará forma hasta el verano siguiente. Para las personas no creyentes representa un canto a la utilidad de la vida, dándole un valor que trasciende más allá de su propia naturaleza. En el fondo es solo música y lo que puede expresar no son teorías filosóficas. Se limita a hacernos partícipes de unos sentimientos y si estos sentimientos nos producen un estado de bienestar. Existen innumerables versiones de la Segunda Sinfonía. Me gustan muchas, como la de Claudio Abbado en Lucerna (2006), pero la de Dudamel con los jovencísimos músicos de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela (de nuevo en los Proms de Londres) quita, literalmente, el aliento. Después de unas entrevistas, la sinfonía comienza en el minuto 7.20.

Con Mahler aprendí desde joven que no se trata de hablar de Dios, sino de hablar con Dios:

https://www.youtube.com/watch?v=rKrsEbjXYX8

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