jueves, 25 de junio de 2020

"Una rodilla, una escritora, una librería, una película de Rohmer, un cuadro de Cézanne y el efecto Gauguin".

Esa rodilla podía ser "La rodilla de Clara" (1970), la película de Eric Rohmer, uno de mis directores favoritos, pero es "La rodilla de Justo". La escritora es Almudena Mestre y la librería es el mítico quiosco que siempre ha estado en la Plaza Santa Bárbara de Madrid, junto a Alonso Martínez. La terraza es de la cervecería Santa Bárbara, uno de esos lugares donde más veces me habré sentado en mi vida. Al lado estuvo hasta hace bien poco el CUNEF, el Colegio Universitario donde estudié la carrera de Económicas. Y ahí quedé el otro día con Almudena para tomar algo, ya que no nos veíamos desde la última tertulia del mes de marzo en el Café Gijón. Tampoco soy Jerome, un escritor y diplomático de mediana edad que intenta conquistar durante las vacaciones de verano (todas las películas de Rohmer suceden en verano) a Clara, una joven de 17 años que tiene novio y que es la hija del dueño de la residencia donde se encuentra. Ni Almudena es Aurora, la novelista italiana que anima a Jerome a que siga adelante con una operación de seducción que tiene mucho de afirmación personal. En realidad yo casi tengo más que ver con el propio Rohmer. Era un artista tan celoso de su intimidad personal como coherente con su misma idea del arte. "Si el precio a pagar a cambio del éxito tiene que ser la quiebra de mi libertad o mi intimidad, entonces lo considero demasiado caro, y por consiguiente, inasumible", escribió en una carta al director de un festival de cine al que no quiso ir. Hay una cosa que me gusta mucho del cine de Rohmer, su análisis objetivo de la subjetividad de sus personajes, que nunca paran de hablar en sus películas. Rohmer no juzga y se limita a desvelar la complejidad de sus personajes. "La rodilla de Clara" refleja el "efecto Gauguin" con los colores uniformes de la ropa y las montañas lisas y azules sobre el lago de Annecy, cerca de Talloires, al este de Francia. Por su situación entre cumbres alpinas y sus efectos de luces, este lago ha despertado siempre gran interés entre los pintores. El cuadro más conocido es "El Lago Azul", de Paul Cézanne. Los traslados en barca a motor, los días claros que se alternan con la bruma, una fuerte tempestad y el aire alpino de montaña buscan un efecto dramático, no solo físico, en los espectadores. 

La bebida que más me gusta en esta época del año es la horchata, y sobre todo la que sirven cerca de la catedral de Valencia, y con unos fartons. Una vez me subí a un tren en Atocha y me fui a Valencia solo para tomar una de esas horchatas. El otro día no había horchata en la terraza de la fotografía. Almudena pidió dos jarras de cerveza y se bebió las dos. Yo no tomé nada, me limité a hablar y a escuchar, como en el cine de Rohmer. Mientras volvía a casa pensé que no me importaría darme una vuelta por el este de Francia en busca del cuadro de Cézanne y el efecto Gauguin.






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