miércoles, 31 de marzo de 2021

"Sobre Edith Wharton".

"La edad de la inocencia" es una de las películas más hermosas de Scorsese. Aunque cambia de época, sigue hablando de las calles de Nueva York y de la hipocresía de la gente que limita la libertad de las personas que quieren amar en libertad.
 
Hablo de esto porque antes de ayer lo hice de una novela de Henry James, "Los embajadores", y entre los estupendos comentarios, la catedrática de literatura de la Villanova University Mercedes Juliá (que tanto me ha enseñado de Juan Ramón Jiménez y su poema "Espacio", sobre el que escribió su tesis doctoral, y que este año se ha incorporado a la tertulia del Gijón desde Filadelfia) se refirió a la amistad entre James y Edith Wharton y la importancia de su novela "La edad de la inocencia". Casualmente, hace solo un par de meses he leído la única obra de teatro que se conserva de Edith Wharton, "La sombra de la duda" (1901), que ha publicado la editorial Huso y que Mayda Bustamante me envió. Perteneciente a aquellos "años oscuros" de la autora, cuando todavía no se consideraba novelista, esta obra de teatro prefigura algunos de los temas de sus novelas como "La edad de la inocencia" (1920), en la misma línea del teatro europeo de la época.
 
John Derwent se ha casado con Kate Tredennis, que es enfermera y la mejor amiga de su esposa Agnes, muerta tras un accidente. Kate es una esposa modelo y una madrastra ejemplar para Sylvia, hija de John y ­Agnes. No obstante, lord Osterleigh, el rico padre de Agnes, no aprueba la rapidez de su yerno para casarse. Todo se complica cuando el doctor Carruthers trata de extorsionar a Kate. Sabe que ella dio una dosis mortal de cloroformo a Agnes cuando le rogó que acabase con su sufrimiento. La eutanasia, un asunto que a Wharton siempre le había interesado, vuelve a aparecer, arrojando "nueva luz sobre sus preocupaciones".
 
Esta obra permaneció inédita hasta el verano de 2017, cuando las profesoras Mary Chinery y Laura Rattray encontraron el manuscrito en la Universidad de Texas. Fue una noticia de resonancia mundial. Era una obra completa que, con la ironía y mordacidad habituales en la autora, satirizaba las costumbres de la alta sociedad de su época. Como afirmó Rebecca Mead en 'The New Yorker', no estaba escondida en el ático, sino oculta a plena vista. 
 
Y ahora me tomo un café mientras escucho la banda sonora de la película de Scorsese, con un Bernstein todavía en plena forma. Una hora de música sinfónica con la que me dormí anoche pensando en Daniel Day-Lewis y Michael Pfeiffer, dos de los actores más guapos y más grandes de su generación:

 

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