domingo, 5 de diciembre de 2021

"Poesía para una noche de otoño de hace 2 años en la Universidad de La Laguna".

El director y la secretaria de la Cátedra Leopoldo Panero, Javier De la Rosa y Charo Alonso Panero, me invitaron a hablar sobre la obra de Leopoldo María Panero. Nos acompañaron profesores, escritores y artistas, entre los que se contaban Agustín E. Díaz-Pacheco, Susi Llarena, Chema Menéndez, José Ramón Sampayo Rodríguez, Jose Felix Saenz-Marrero (que presentó el acto) y el Coro del Orfeón la Paz de La Laguna. Y lo que hice fue improvisar una compleja charla sobre Leopoldo María Panero, Kierkegaard y Dios, de forma similar a como suelo improvisar mis clases en la Universidad, hablando de lo que me apetece tras prepararme a conciencia el asunto del que tengo que hablar. No soy especialista en los Panero; en realidad no lo soy de casi nada, pero sí que soy un lector atento, y he leído con atención libros suyos como "Así se fundó Carnaby Street" (1970), "Teoría" (1973) y "Narciso en el acorde último de las flautas" (1979). Como lector no me interesan sus conocidas entradas y salidas de hospitales psiquiátricos y otros acontecimientos de su vida, sino el hecho de que se licenció en Filosofía y Letras en la Complutense y Filología Francesa en la Central de Barcelona, lo que se nota en la calidad, profundidad y simbolismo de sus libros, que le convirtieron en uno de los escritores más preparados de la segunda mitad del siglo XX. Su indudable dominio del lenguaje y su enorme cultura me recuerdan a Eliot y Pound.

En cierto momento mencioné a su padre, Leopoldo Panero, tío de Charo, gran seguidor de su maestro Antonio Machado, y su poema epitafio:
 
"Ha muerto
acri­bi­llado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dul­ce­mente azules
y con el cora­zón más tran­quilo que otros días,
el poeta Leo­poldo Panero,
que nació en la ciu­dad de Astorga
y maduró su vida bajo el silen­cio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
ven­da­dos sus ojos,
espera la resu­rrec­ción de la carne
aquí, bajo esta piedra".
 
Por contra, su hijo Leopoldo María es claramente "antimachadiano". Como un buen hijo no pudo dejar de con­tes­tar al padre, aun­que lo hiciera con una carta a lo Kafka, en un poema de "Teo­ría". Siem­pre esca­to­ló­gico, en el sen­tido etimológico de la palabra, ima­gina un futuro de conviven­cia con el padre, en una situa­ción de amor y odio a un tiempo:
 
"Glosa a un epitafio"
(carta al padre)
 
"Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos (...)
Para terminar de esta forma:
De ese beso, final, padre, en que desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú, mi amada,
aquí, bajo esta piedra".
 
En fin, poetas y momentos de esta vida tan literaria que quiero vivir mientras me tomo el primer café de una mañana de otoño con otro adagio estremecedor de Mahler:
 

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