A veces, cuando paso por esta calle que va de la Plaza de Lavapiés a Embajadores, me detengo y miro hacia una de las terrazas. Me hago alguna fotografía, como esta misma de ayer, pero no para mostrar mi egocentrismo, como me dicen algunos amigos y menos amigos en el sentido de que siempre me estoy mirando a un espejo. En la casa de la terraza vivió uno de mis grandes amigos bohemios, Miguel Ángel Andés, que perdí hace ya demasiados años, y del que hablé por aquí el otro día a propósito de la fiesta de Entrevías en la que me encontré con su sobrino. Cuando lo conocí en las Cuevas de Sésamo, hablaba con otros amigos de William Blake. Me escuchó, se acercó y soltó sin más "Tú eres un Complutense, muy académico para mí". Y me llamó pijo, progresista de diseño y falso intelectual. Nos hicimos amigos en seguida, aunque me debía llevar veintitantos años, y lo convertí en un personaje de mis libros, que es lo que hago cuando me encuentro con alguien así. Un tipo que me dice las cosas de esta forma merece mi aprecio pues me obliga a replantearme ciertas ideas y a mirarme en el espejo para ver realmente mis defectos. No me gusta que me den siempre la razón, ni que me digan lo guapo e inteligente que soy, lo que me resulta francamente aburrido. Me gusta la gente diferente, la que me invita a su casa y la encuentro llena de cuadros pintados por ellos mismos, de poemas escritos a mano en infinidad de hojas cuadriculadas por todas partes, cuadros que nunca estarán colgados en los museos (me regaló alguno) y que no recibirán millonadas en las subastas, y poemas que tampoco merecerán premios. Esa gente con la que tomo el sol en pelotas en su terraza con naturalidad, con la que hablo de Blake y del "matrimonio del cielo y el infierno".
Gente que me recuerda canciones como "The Drugs Don't Work" y que forman parte de mi vida, aunque ya no estén, porque estarán siempre y yo seguiré escribiendo pensando en ellos:
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