Ayer por la tarde me acerqué al CEPA de Entrevías para asistir a la fiesta de clausura de la exposición de fotografías de este barrio de Madrid, a la que me había invitado su organizador, Paco Carazo, el presidente de la Asociación vecinal de la Paz. Además de conocerlo en persona y contemplar mi novela "Entrevías mon amour" en una vitrina, me encontré a un tipo al que aprecio, Luis Cuesta Gordillo, que ha sido el director de este centro de la Comunidad de Madrid hasta hace muy poco y al que no veía desde la presentación de mis "Cuentos de los viernes" en 2015. Luis es el sobrino del que fue uno de mis grandes amigos de juventud, Miguel Ángel Andés, que murió demasiado joven y al que retraté de alguna manera en dos novelas, "Vivir es ver pasar" (1997) y "Las mentiras inexactas" (2012) (estoy con él en la segunda foto, junto a otro amigo poeta, Pepe Utrera, en las Cuevas de Sésamo; en ese mismo sitio estoy en la siguiente foto con mis amigos Antonio Zaballos y la valenciana María José Castillo, a la que hace mucho que no veo, pero que siempre decía que había vivido su particular Montmartre con nosotros). Anoche intervinieron varios cantautores y cerca de las diez de la noche terminé de escuchar en el coche la ópera "Eugenio Oneguin", de Chaikovski, que se ha representado hace poco en el Teatro Real, una de esas historias de amor que dan sentido a la vida:
Después de todo, como dice el Tenorio:
"Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí".
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