martes, 11 de marzo de 2025

"El grado cero de nuestra identidad".


 
Este es un carné inventado, claro, en concreto por la artista Gloria Grau, amiga de esta red social, pero me hizo gracia cuando me lo regaló. El otro día durante una comida varios de mis amigos íntimos vieron mi carné de identidad de verdad, que acabo de renovar, y me dijeron que cómo me habían permitido salir con morritos en la foto, jeje. Yo me encogí de hombros, sonreí y les dije que no somos nadie. Sin embargo todo no son críticas, y a la vez otra encantadora amiga de esta red social, Waldina Valladares, aludiendo a la fotografía que había usado Gloria, dijo:
 
"Si la elegancia y el encanto tuvieran rostro, llevarían tus morritos de firma. Tienes una boquita seductora, dichosas quienes la han disfrutado".
 
Después de esto, tan solo me queda guardar silencio, como explica el musicólogo y profesor de Lingüística de la Universidad de Oviedo Guillermo Lorenzo en el ensayo "El grado cero de la partitura" (2024, Eolas), aludiendo al clásico del año 1953 del filósofo estructuralista y teórico y crítico literario francés Roland Barthes "El grado cero de la escritura", que me ha regalado Almudena Mestre también por mi "no cumpleaños". El libro de Barthes es el germen de una reflexión sobre la literatura y el lenguaje que todavía resulta actual. ¿Dónde sitúa la escritura? En el espacio que se abre entre la lengua y el estilo. Es el enlace entre la creación y la sociedad, la posición del escritor con relación a la historia y las convenciones, un acto de conciencia, de responsabilidad, determinado cada vez por los límites ideológicos de la época. Lorenzo lo asimila al grado cero de la partitura, no al negro absoluto, a esa irradiación nula de fotones. "El color negro absoluto pertenece a la misma familia de fenómenos que la temperatura cero absoluto o el grado cero de la escritura o la música" (Lorenzo, p. 78). No obstante, en el caso de la música o la literatura ese grado cero es diferente al de los físicos, puesto que todos perseguimos un lugar en el que hacer, escuchar e imaginar música como si la música cobrase existencia sobre la vida en la tierra (p. 80).
 
Y, ahora, mientras escribo este texto la música cobra existencia en mi imaginación con la voz de la mezzosoprano letona Elina Garanca, que me canta, con partitura, "Mon coeur s'ouvre a ta voix", y hasta pongo morritos. Y como Dalila se dirige a Sansón, no me importaría dejarme el pelo largo al igual que el personaje bíblico y hacerme una coleta, como cuando empecé a dar clase de joven en la Universidad Carlos III, aunque esto no lo ponga el carné de identidad:
 

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