martes, 25 de agosto de 2020

"El escritor entre el comedor y la alcoba".

Hace unos días Francisca Arias Tovar me envió esta foto para decirme que le había llegado "La paz de febrero" a su casa de Sevilla. Francisca se está convirtiendo en una de mis más fieles lectoras, y la semana pasada terminó de leer "Entrevías mon amour". Sea como fuere es una excelente lectora, ya que por lo que observo en sus publicaciones admira mucho también a Eloy Tizón. Mientras me tomo un café recuerdo la frase que me dijo hace tiempo una amiga, en el sentido de que todas las noches se acostaba conmigo. Era un eufemismo, por supuesto. Le gustaba leer en la cama antes de dormirse, y llevaba varios días con una de mis novelas. Esta anécdota dio lugar a uno de mis "Cuentos de los otros", que he reproducido alguna vez por aquí. Son cosas que me parecen curiosas, como sucedió también con uno de mis "Cuentos de los viernes" donde hablaba de una mujer que olía a un hombre a distancia. 

"Aforístico".

"Una tarde ella estuvo trabajando varias horas seguidas en su casa, adaptando uno de los capítulos del estudio para publicarlo en una revista científica. Le quedaban pocas semanas para dar a luz, pero aún se sentía con fuerzas para sentarse frente al ordenador.

De improviso, sin ninguna razón lógica que lo justificara, se puso a pensar en él de forma obsesiva. Lo llamó al móvil y al teléfono de casa, pero él no respondió a sus llamadas. Decidió vestirse, salir a la calle e ir en su busca. Su marido se encontraba a muchos kilómetros de distancia, en un congreso, y no deseaba estar sola. Se acercó al café donde solían citarse para hablar de trabajo y luego decidió pasarse por la facultad. Algo le decía que podía encontrarlo en su despacho.

Empujó la puerta del edificio, bajó los escalones deprisa, corrió por el pasillo y entró en el despacho. Él dejó el libro que estaba leyendo y le preguntó si le ocurría algo, y añadió que podía haber tocado en la puerta antes de entrar.

Ella le dijo entonces que había percibido su olor desde el piso de arriba, y sabía que estaba solo.

La soledad no exige promesas a nadie".

("Cuentos de los viernes", 2015, Bartleby, Madrid, p. 28).

(Me parece que esta historia me ha ocurrido realmente a mí, en una de las muchas universidades donde he dado clase, aunque a lo mejor me la he inventado y solo es un problema de sinestesias).

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