viernes, 17 de septiembre de 2021

"El melómano y el rapero".

Estos días tengo muchas clases en la Universidad, un máster, varios TFG que dirigir y bastante jaleo, pero pude hacerme un hueco para conocer físicamente a Miguel Ángel Yusta, este poeta de Zaragoza que me cae muy bien y que forma parte de la tertulia del Café Gijón desde hace un año. (Son tantos los amigos a los que me apetecería dar un abrazo en esta Feria del Libro tan especial en el parque del Retiro que casi podría instalarme allí, y les pido perdón por irme en seguida. Este mismo sábado estaré yo firmando. Mañana pondré el cartel que me envió mi editora). El caso es que siempre que pienso en Miguel Ángel me viene a la cabeza otra escritora de Zaragoza, a la que ambos admiramos, Ana María Navales, que nos dejó pronto y a la que dediqué una novela. Escribió los "Cuentos de Bloomsbury", sobre el mundo de Woolf, uno de los mejores libros de cuentos que he leído.
Admito que me veo fatal en la foto, con kilos de más y un corte de pelo casi de rapero. El sedentarismo ocasionado por esta pandemia me ha hecho engordar demasiado, aunque no sé que hacer porque la gimnasia está prohibida por mi religión, y lo de sudar tampoco es que me vaya demasiado. Por otra parte, ayer venía de la peluquería y Luis, mi querido peluquero de tantos años, se ensañó con mi linda cabellera. Miguel Ángel me firmó su libro sobre la copla y me regaló otro más, ambos editados por Lastura. Nos reímos un rato con sus editoras y me preguntó si iba a ir al Real a ver una ópera de Rossini. Esta es otra de las cosas que nos unen, nuestro amor por la música clásica y la ópera. Ahora me tomo el primer café de esta mañana y, aunque él está muy elegante en la foto, casi de cantante de ópera estilo Kraus, yo me veo más cantando con Eminem y Dido mientras me voy a la Universidad.
Es la historia de un fan que se llama Stanley. Tuvo tanto éxito en su día que incluso el diccionario de Oxford incluyó la expresión "stan" entre sus páginas para designar a los fans obsesionados con su cantante favorito.
 
¿Existirán también los "stan" en el mundo de la literatura?
 

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